Málaga siempre es una buena
opción, una excelente opción diría yo; así que, de vez en cuando, hay que hacer
uso de ella y pegarse una escapadita para visitarla, para atisbarla, para
perderse por alguna de las muchas Málagas que viven dentro de la misma Málaga, como una matrioska cualquiera.
Este fin de semana he pateado la
Málaga ancestral de El Palo, ese abigarrado barrio de pescadores donde pasear
por sus callejuelas es todo un curso de antropología y arquitectura de supervivencia.
Minúsculos callejones que desembocan en una luminosa playa, calles convertidas
en el salón comedor de las familias residentes entre una vorágine exuberante de
macetas; aceras usurpadas sin el menor de los pudores por anexos arquitectónicos
imposibles e imagino que ilegales, camareros descamisados y barrigones,pitillo al labio, barriendo ese paseo marítimo donde
al cabo de un ratito ofertarán zalameros y vociferantes una suculenta carta de pescados, esas barquitas permanentemente
ancladas, huérfanas de agua, donde a los espetos de sardinas se les tratan con
el mismo mimo con que se le da un beso a un niño chico.


