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sábado, 7 de enero de 2012

CRÓNICA LITERARIA: INÉS Y LA ALEGRÍA


Hace la tira de años, seguro que han pasado más de tres lustros,  al principio del tercer trimestre (por entonces los cuatrimestres en la universidad no existían) un compañero de facultad de Eva, mi consorte, contactó conmigo para que le echara una mano a su hija con una asignatura de 1º de matemáticas, cosa que gustosa y trabajosamente hice (ahora ya no me acuerdo de casi nada de lo que estudié, en aquella época casi tampoco). En agradecimiento me regaló un libro de una autora de la que yo no sabía nada, Almudena Grandes, a pesar de que ya era muy conocida tras haber ganado el XI Premio La sonrisa Vertical con la conocida novela erótica Las edades de Lulu.

La novela que me regaló se llamaba, y ciertamente sigue llamándose,  Malena es un nombre de tango y es una de las cosas más bonita que he leído nunca, tanto, que aquel verano de antaño Eva y yo la leímos simultáneamente y nos peleábamos una y otra vez por coger la novela para enfrascarnos en sus páginas, literalmente nos la quitábamos de las manos al menor descuido, vamos como, salvando las diferencias,  el mando de la tele hoy día.


jueves, 17 de noviembre de 2011

CRÓNICA LITERARIA: LOS ASESINOS DEL EMPERADOR.

Esta semana no toca paseo por ningún barecito, me voy a permitir el lujo de escribir una crónica literaria. Cuando el diablo está aburrido mata moscas con el rabo. Va por ustedes.

Estoy empezando a preocuparme seriamente, muy seriamente.

“Vestido de mirmillo me veo enfrentado a un inmenso samnita en la arena del anfiteatro Flavio bajo la atenta mirada del emperador y de una muchedumbre que ruge ávida de pelea y sangre. En el palco imperial, Domiciano, Dominus es Deus, escoltado por una cohorte de pretorianos, por Partenio, el sabio y astuto consejero augusto, y por Cayo, el lanista del circo, se regala con una copa de vino endulzado con plomo que un esclavo, atento al menor de sus gestos, deposita presto en sus manos. A su lado la emperatriz Domicia disimula su hastío, su repugnancia y su cólera.
El samnita me encara una y otra vez, golpea mi escudo con feroces golpes frutos de la determinación más absoluta. Una y otra vez su corta espada busca abrirse hueco entre los resquicios de mis defensas; a ultranza, desesperadamente, eludo los ataques, las interminables fintas de esgrima de mi contrincante que me cansan y me nublan la vista; a duras penas esbozo un tímido contraataque que no hace sino dibujar una mueca de sonrisa en la faz del gigante. Siento que disfruta con mi sufrimiento y se relame.
El asedio se prolonga y comienzo a sentir que el fuelle se acaba, que las fuerzas me fallan;  más pronto que tarde, si antes no me ensarta o me degüella como a un pollo, me veré arrastrado a sus pies, derrotado y hundido,  mirando al Cesar implorando una súplica muda por mi vida.