Aunque no soy un ferviente
defensor de la cacareada y polémica restructuración urbanística de La Alameda
de Hércules (más bien, y siendo suave, diría que milito en el bando opuesto) no
puedo dejar de reconocer que se ha convertido en un peculiar espacio escénico
de esta mariana y a la vez iconoclástica ciudad.
Un espacio con demasiadas
baldosas en el suelo y poco árbol donde cobijarse del tórrido solazo que durante
nueve meses al año nos sacude de lo
lindo por estos lares; pero, a fin de cuentas, un espacio con un evidente apego
ciudadano, un ramalazo cultural y alternativo, lugar de destino y reunión de
una fauna urbana con una idiosincrasia un tanto peculiar, siempre abarrotado de
niños pequeños jugando bajo la atenta mirada de expectantes y jóvenes madres, del corretear jadeante y escandaloso
de perros de toda raza, de una pléyade de peatones paseantes o lánguidamente descansando
mientras se toman una cervecita o el café de turno en una de las múltiples
terrazas al tiempo que charlan con los colegas de turno mientras sienten en la
piel los últimos rayos de este sol otoñal.
| Imagen de la antigua Alameda |
¡Quién te ha visto y quién te ve,
morena! Que poderío pasar de tus casposas putas de hace cuatro días, anatema
consentido cuando las luces declinaban, a albergar una espléndida y refinada
oferta culinaria que, poco a poco, se ha adueñado de gran parte de tus soportales.
