Ni se cuánto tiempo llevaba
aburrido en el congelador un paquete de espinacas; uno de esos paquetes que
vienen compactados con forma de un pequeño ladrillo y que son ideales para
guardar ocupando poco espacio por su forma de paralelepípedo, precisamente por
este motivo de vez en cuando alguno se queda olvidado, escondidito entre otros
productos y ahí le dan las campanadas de
nochevieja y cuando llega el Domingo de Resurrección siguen impertérritos en su
sitio.
Hace más o menos un mes que me percaté de su ubicua presencia, y durante este tiempo hasta ahora cada vez que trapicheaba en las bandejas lo miraba con manifiesta alevosía y, un día por otro, pereza se llama eso, lo iba dejando en su involuntario exilio polar.
Hace más o menos un mes que me percaté de su ubicua presencia, y durante este tiempo hasta ahora cada vez que trapicheaba en las bandejas lo miraba con manifiesta alevosía y, un día por otro, pereza se llama eso, lo iba dejando en su involuntario exilio polar.
