Tiempo
ha, cuando era feliz e indocumentado, como bien dice García Márquez en uno de
sus primeros libros, me pasaba las horas rebuscando entre las repletas
estanterías de la antigua biblioteca municipal sita en la calle Alfonso XII; por cierto que ya entonces la
ciudad estaba llena de chorizos porque uno de ellos me birlo una bicicleta que
tenía primorosamente amarrada en la puerta, aunque, justo es reconocer, eran
otros tipos de chorizos.
En
uno de estas indagaciones descubrí un pequeño librito de humilde encuadernación
con una temática un tanto peculiar “las
setas en la cocina de la sierra de Aracena”. Estamos hablando de hace no
menos de 30 años y por aquel entonces la cultura micológica de los andaluces
era equiparable al conocimiento del
idioma chino por parte de los madrileños, nada de nada. Por supuesto no le hice ni puñetero caso.
Para
mi sorpresa hace unos 8 o 9 años, un día que acompañaba a mi hija, me encontré
con el viejo y olvidado libro en la nueva biblioteca Infanta Elena, y ahora sí
este atrajo poderosamente mi atención, hasta el punto de llevármelo prestado y
transcribir de puño y letra todas y cada una de sus recetas. Y de una de estas
recetas es de lo que vamos a hablar.