viernes, 25 de noviembre de 2016

VIAJE A PERÚ. ENTRADA 5. VALLE SAGRADO, MACHU PICHU

VALLE SAGRADO

                En un plis hemos estado de quedarnos sin ver Machu Pichu, vamos, es que lo pienso y me da el telele. En Cusco, a tiro de piedra de una de las maravillas del mundo y no poder ir  visitarlo hubiese sido algo grotesco y jodidamente puteante. Un mes largo con el tour completo pagado, billetes de tren sacados, hotel en Aguas calientes, tickes de subida de autobús, entrada en el recinto, todo todito organizado y bien organizado con la empresa Mapi Adventures, y dos días antes va la representante de la empresa y nos dice que los guías se han puesto tres días de huelga por el precio abusivo de los autobuses que hacen la subida y bajada de Machu Pichu (24 dólares para los extranjeros y 15 para los nacionales), que han cortado con una barricada la carretera y por tanto nadie puede acceder a Aguas Calientes, y si no llegas hasta allí no hay nada que hacer. Ella sospecha que la cosa se arreglará, pero de todas formas nos recomienda que recemos a ver si los dioses se apiadan de nosotros.
Machu Pichu


A muy última hora se desconvoca un día de huelga y eso nos permite hacer el tour que teníamos programado, aunque un día más tarde de lo que pensábamos, lo que nos va a impedir tener un diita de descanso antes de volver a Lima: primer día Valle Sagrado y tren, pernoctando en Aguas Calientes, segundo día subida a Machu Pichu, tren de vuelta   y autobús a Cusco. Palizón garantizado, pero el que algo quiere algo le cuesta.


Va lle Sagrado

       El Valle Sagrado de los Incas está compuesto por numerosos ríos que descienden por quebradas y pequeños valles; posee numerosos monumentos arqueológicos y pueblos indígenas. Este valle fue muy apreciado por los incas debido a sus especiales cualidades geográficas y climáticas. Fue uno de los principales puntos de producción por la riqueza de sus tierras y lugar en donde se produce el mejor grano de maíz de todo Perú. El Valle Sagrado está comprendido entre las poblaciones de Písac y Ollantaytambo, y transcurre paralelo al río Vilcanota

                Ya no tenemos ni que poner el despertador de tan cogidas como tenemos las horas. Vienen a recogernos diez minutos antes de la hora y no en bus, sino andando, y sin solución de continuidad y a toda leche nos llevan a una calle porticada posterior a la Plaza Mayor.  Allí nos dejan junto a un numerosísimo grupo de personas en manos de un guía y nos hacen esperar al menos una hora mientras llega gente y más gente. No dejan de salir autobuses repletos de turistas a medida que estos se van llenando. Por fin, sobre las nueve, nos montan en un autobús y emprendemos la marcha. Mal empieza la cosa, la empresa organizadora del tour nos garantizó que éramos quince e iríamos en un microbús. Somos al menos el doble y el autobús ha conocido tiempos mejores.

A la hora de empezar el viaje nos paran en un pequeño poblado donde hay un mercado con las cuatro cosas de siempre y sus correspondientes mujeres con las llamas y alpacas de rigor. Estamos más de media hora perdiendo míseramente el tiempo, aunque eso sí, no nos podemos sustraer a inmortalizarnos con las fotos  de rigor. Una de ellas no escupía, pero al menor descuido te arreaba un mordisco.


La que está detrás de Eva te mordía al menor descuido

El guía es un inepto total que no nos proporciona la más mínima información interesante, solo lugares comunes y control de quien lleva las entradas pagadas para las distintas visitas. Cuando llegamos a nuestro primer destino, Pisac, en lo alto de unas impresionantes montañas, ya hay más de cien autobuses visitando el lugar y tenemos que aparcar a casi un kilómetro de la entrada. Una hora de visita es todo lo que tenemos. Ya en el recinto, el guía, en un intento de ganarse el sueldo, nos da unas explicaciones que de malas que son, nos da hasta risa. Confirmación de que Jimmy, nuestro guía, es un incompetente caradura de mucho cuidado. Ejemplo de su ineptitud: Nada más salir de Cusco y a la vista de un bosque de eucaliptus comenta que fueron “nuestro mejores amigos los españoles” los que hicieron la locura de introducir la especie en tiempos de la conquista. De modo que en España se introduce a finales del siglo XVIII y nosotros ya en el siglo XVI ya lo estábamos llevando a Perú. Y así todas.



Impresionante las terrazas de cultivo de maíz en la montaña

Visitamos las ruinas del Parque Arqueológico por nuestra cuenta, a nuestro aire. Los estudios indican que se trató de la hacienda real del inca Pachacutec (de nuevo aparece el amigo Pachacutec). El parque incluye espacios para uso doméstico y otros ceremoniales. Está conformado por numerosas plazas y barrios, compuesto por edificaciones rusticas de piedra construidas al borde de los precipicios. Tiene dos barrios principales: Qantus Racay para los agricultores y Amarupunku que es el barrio ceremonial, construido en estilo trapezoidal,  destinado a la nobleza. Hay una tercera parte religiosa pero no se puede visitar por lo peligroso del sendero que lleva hasta ella (el año pasado un turista se desnuco al resbalarse cuando transitaba por el sendero).  Toda la ciudad está rodeada  de atalayas y puntos de observación y defensa, así como por innumerable andenería. Pero lo más impresionante está fuera del complejo, las inmensas terrazas escalonadas sobre las interminables laderas perfectamente conservadas dan muestra de la perfección e importancia de los cultivos agrícolas en la vida cotidiana inca.

Memorable y sobrecogedor.

                Vuelta al bus y al ratito de nuevo nos paran, esta vez en un taller de orfebrería especializado en plata donde nos vuelven a tener otra media horita para, según palabras del amigo Jimmy, que observemos el fino trabajo artesanal de los orfebres. Yo he venido a ver ruinas incas, no a ver a un tío martillear una bolita de plata para hacer unos pendientes. Me estoy mosqueando un taco y no dejo de mirar el reloj; a este paso no estamos a las cuatro y media en la estación de  Ollantaytambo para coger el tren. Se lo comento al guía y el cabroncete intenta no darle importancia con un escueto  “no problema”.

                De nuevo en el bus y, sorpresa, se nos monta un vendedor ambulante que micro en mano  nos da una disertación sobre las infinitas bondades digestivas de una bebida elaborada con anís que su familia fabrica desde tiempos incas. Logra vender cuatro o cinco minúsculas botellitas a veinticinco soles a alguno de los tontajos que nos acompañan en el viaje. Paramos para comer y ya son las dos. El sitio está muy bien y la comida bastante buena, la cerveza mejor. Son las tres y sigo con la mosca detrás de la oreja, aunque ya no es una mosca, es todo un bullicioso enjambre de ellas zumbándome al oído. Nos falta todavía por visistar las ruinas de Ollantaytambo (la joya del Valle Sagrado) y no me cuadra el horario. Vuelvo a insistir al guía y puñetero el caso que me hace. Tal como me temía, entre que nos montamos en el bus y hacemos el camino,  cuando llegamos son casi las cuatro. Jimmy nos dice que recojamos las mochilas y las llevemos con nosotros en la visita y que de allí nos vayamos directamente a la estación.

- ¡Ah, pero no nos llevan ustedes a la estación en el bus!. En las condiciones del tour pone que nos dejarían allí.
- No, lo siento, pero nosotros no prestamos ese servicio. Los autobuses no bajan a donde el tren.
Como insisto y no estoy de acuerdo apostilla:
- Si tiene alguna queja diríjase usted al tour-operador con el que contrató la visita.
Para mis adentros pienso “joputa, ¡te vas a enterar! como rabo de perejil te voy a poner en las redes sociales”


El pueblo de Ollantaytambo

Dejo de discutir para no perder ni un minuto más, ya que tenemos el tiempo justo para dar una vuelta por la parte baja del recinto, y morirnos de envidia viendo al tropel de gente subiendo a las estructuras principales.

Ollantaytambo, centro militar, religioso y agrícola, es uno de los complejos arquitectónicos más monumentales del antiguo Imperio inca, comúnmente llamado «Fortaleza», debido a sus descomunales muros. Fue en realidad una ciudad-alojamiento, ubicada estratégicamente para dominar el Valle Sagrado de los Incas.

Construido por el emperador Pachacútec (este tío era un fenómeno) protegía el valle de las posibles invasiones de los pobladores de la cercana selva. Por desgracia y como ya he comentado lo pudimos disfrutar muy poco antes de salir por patas hacía la estación. Eso sí, antes de irme, le dije dos palabritas al nefasto guía al que por un oído le entraron y por otro le salieron.







Delante de la gran escalinata
Para ir a Aguas Calientes el único camino posible parte de aquí y se hace por tren. No hay carreteras y sólo hay un sendero paralelo a la vía por la selva como ruta alternativa, cuatro o cinco horas de caminata. No te cuento nada,  morena. Para jóvenes en forma y con espíritu aventurero está muy bien, pero para un gordo sesentón como yo, la cosa no está tan clara. El tren Inka Rail lo regenta una compañía francesa y es la leche de caro para los extranjeros y eso que solo son apenas veinte kilómetros de trayecto, pero es lo que hay; los peruanos tienen otro que solo pueden utilizar ellos y que es muy, muy barato. Resumiendo, 72 dólares para nosotros; unos pocos soles para ellos.

El viaje se hace muy largo, más de dos horas, y transcurre entre angostas gargantas junto al Urubamba, un serpenteante y caudaloso río, al que por cierto vimos nacer a 300 kilómetros de aquí en un nevero junto a la Raya cuando hicimos el trayecto entre Puno y Cusco. Discurre entre escarpadas montañas que poco a poco van cambiando de vestido, al principio rocosas y desprovistas de follaje y lentamente, a medida que consumimos kilómetros, se van vistiendo de maleza y árboles, apoderándose la selva de ellas hasta que llega un momento en que esta se enseñorea por completo del paisaje. El trayecto es tan escarpado y las montañas de laderas de granito que lo constriñen tan altas, que desde el asiento del tren, cuando se mira el techo de cristal del mismo, apenas se divisa el cielo, solo se ve un túnel verde y rocoso que se eleva hacía arriba, hacía arriba, hasta perderse de vista difuminándose en las alturas. Una autentica pasada viendo la en las alturas la selva y la nieve al mismo tiempo.



El tren es cómodo y nos agasajan con un aperitivo y algo de picar. Yo estoy sentado con un matrimonio mejicano más o menos de mi edad que, al igual que nosotros, están de visita turística. Nada del otro mundo sino fuera porque los acompaña un hijo como de veinte y algo años con la mirada perdida, que apenas puede andar, y con un evidente problema neurológico. Ya para subir al tren lo han tenido que ayudar, no me imagino como harán para subir a Machu Pichu. Me impresiona su determinación y entereza. Nos tiramos un largo trecho  hablando de Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera, el póker de ases de la política española; las estrellas mediáticas del último año electoral. Hasta los mejicanos, estupefactos, comentan con cara de asombro los grotescos avatares de nuestros políticos.

-¿Pero de verdad va a haber unas terceras elecciones?
- ¿Tercera dices? A ver si hay suerte y nos quedamos en eso

Aguas Calientes es turismo puro y duro y estación fin de viaje. Aquí se viene con el único objetivo de subir al Machu Pichu, que no es moco de pavo. Se llega, se duerme, y al día siguiente uno se larga con viento fresco. Tres largas calles que flanquean un caudaloso torrente lleno de enormes rocas caídas;  tres largas calles donde casi todas las casas son restaurantes u hoteles y están abarrotadas de turistas.

El pueblo está hasta las cachas de extranjeros, un Babel multirracial,  se oye hablar en todos los idiomas posibles y hay pintas de todas las calañas.  El hotel que nos ha proporcionado la agencia no es nada del otro mundo, pero tiene cómodas camas y una buena ducha que es lo único que necesitamos. Aseo, un pelín de descanso, y a tomar una cervecita con algo de picar antes de acostarnos.


El pueblo en medio de feraces montañas


En uno de los muchos restaurantes, apenas a veinte pasos del hotel, un chico nos convence ofreciéndonos la cerveza heladita a cuatro soles y ante tan irresistible proposición allí que nos aposentamos. La primera cerveza perfecta, y encima viene acompañada de unos nachos con guacamole, así que no nos lo pensamos y pedimos la comanda. Al cabo de media hora no había señales de vida por ningún sitio, como si estuviesen pescando los peces para poder cocinarlos. Algunos de los comensales que hay en las mesas contiguas tienen el mismo problema y se están largando con caras largas entre protestas, cansados de la espera. Después de llamar al camarero en un par de ocasiones y manifestarle nuestro malestar por fin nos traen la comanda y no está mal (excepto la pizza de mi hija, que pidió una “al gusto” donde elijes los tres ingredientes que quieres para aderezarla, y le pusieron los que buenamente les pareció a ellos, eso sí,  sin acertar ni en uno de los tres). A la hora de pedir la cuenta observo ojiplático que en la cuenta ponen un cargo de 26 soles por el servicio y encima me quieren cobrar un suplemento del 8% si pago con tarjeta. Nati de nati, colega, discusión con los dueños y al final no les pago los 26 soles ni el ocho por ciento que me querían colar de vaselina, faltaría más.

Duermo como un bendito pensado en el día de mañana.

MACHU PICHU

En octubre de 1943 el poeta chileno Pablo Neruda hace durante cuatro días la ruta del inca y sube a Machu Pichu. Tan profunda impresión le causó que le inspiraron una de las quince secciones que componen su Canto General, uno de los poemas fundamentales de la literatura universal del siglo XX:

"Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
zona de tu dolor diseminado.
No volverás del fondo de las rocas. 
No volverás del tiempo subterráneo"

              

        La experiencia no es para menos, el problema es que yo no soy Pablo Neruda.

         A las cinco de la mañana me despierta un jaleo en la calle de padre y muy señor mío. Al principio, aún somnoliento, pienso que todavía algún grupo de empedernidos noctámbulos está de celebración, pero el ruido es distinto, monocorde, como de muchas conversaciones a la vez. Picado por la curiosidad me asomo a la ventana y observo estupefacto como toda la plaza es una inmensa cola de gente en ropa y calzado de montaña y con su mochila al hombro. ¿Qué leches están haciendo estos tíos aquí a estas horas? Me pregunto no muy seguro de lo que estoy viendo. Multitud de banderitas multicolores ubican a los distintos guías que se reparten  entre la muchedumbre que conforma  la cola.


Toma cola, morena

                Esto no sería nada extraño si no fuera porque estamos en la otra punta del pueblo, a casi un kilómetro de la estación donde se cogen los autobuses para subir a Machu Pichu. Los primeros autobuses empiezan a subir a las seis y media y son los más solicitados para poder ver el amanecer desde lo alto de las montañas, y las colas para cogerlos empiezan entre las dos y las tres de la mañana. Nosotros hemos quedado con nuestro guía arriba donde nos dejan los autobuses; él nos esperará en la entrada del recinto a las once de la mañana, así que no tenemos prisa y nos lo tomaremos con calma. Desayunaremos tranquilitos y cuando amaine el temporal ya nos pondremos en cola.


En una de esas montañas está Machu Pichu


                Cuando a las ocho nos incorporamos a la riada humana todo seguía exactamente igual, en el mismo punto, y en ella nos pusimos dispuestos a esperar estoicamente lo que hiciese falta. Dos horas y quince minutos fue lo que hizo falta, que se dice muy pronto. Dos horas y quince minutos para acomodarnos en el bus que nos llevaría al cielo inca. Qué alegría cuando por fin llegamos a nuestros asientos en el autobús. Nos relamíamos solo de pensar que dentro de un ratito llegaríamos al que sin duda era nuestro primer objetivo turístico en Perú. Comenzamos el recorrido de apenas nueve kilómetros y yo no pierdo detalle, los ojos como platos. Al principio seguimos una carretera monísima perfectamente asfaltada junto al río Vilcanota, pero poco a poco la garganta se va cerrando y lo único que se ve son paredones de granito de muchos cientos de altura y montañas que ríete tú del abuelo de Heidi. 

Cruzamos un puente y por arte de birlibirloque desaparece el asfalto y este es sustituido por una pista de tierra de no más de cuatro metros de ancho y que tira para arriba como las cabras tiran al monte. La carretera se convierte en un constante zigzag por una ladera que ni los muflones transitan. ¡Qué sufrimiento! Y cuando tenía que tomar una curva no te cuento; el morro del autobús fuera, en el aire, y yo con los ojos cerrados y agarrado al asiento delantero con tanta fuerza que los nudillos los tenía morados. Hasta mi mujer que tiene menos vértigo que un halcón peregrino está acojonada.


La carreterita de los cojones

Cada cierto trecho hay pequeños ensanches. Un camión cisterna riega constantemente la pista para compactar la tierra y que no se produzca polvo.  Los conductores de los quince buses que constantemente suben y bajan transportando mercancía humana van conectados  por una emisora y avisándose constantemente de por dónde van para que al cruzarse el que baja espere al que sube en uno de esos ensanches. Todo hipotéticamente muy bien estudiado y coordinado. Bueno, pues a la vuelta el cabroncete que nos bajaba se saltó el protocolo y nos encontramos con un bus que subía en una de las curvas; frenazo, discusión entre los conductores y el tío que se pone a darle marcha atrás a un autobús de veinte metro en un maldita trocha donde apenas cabe, y con un precipicio del carajo precisamente en el lado en que yo iba sentado. Del cague que me entró, se me quitó el agnosticismo de un plumazo y retorné a mi tierna infancia cuando rezaba padrenuestros compulsivamente para que algo no sucediera.

En fin, que el trayecto Aguas Calientes-Machu Pichu en bus tiene cojones para los que no somos muy amantes de las carreteras de alturas con cortados laterales y  precipicios sin fondo, que le quitan el hipo a una cabra montesa.


Mi hija y yo con el guia

Una vez arriba te olvidas de todo. El guía se presentó a la hora acordada y todo salió a pedir de boca. Un par de horas inolvidables en un sitio maravilloso y asombroso.

Machu Picchu habría sido una de las residencias de descanso de Pachacútec (hasta en la sopa aparece este). Sin embargo, algunas de sus mejores construcciones tienen un origen anterior y una presumible utilización como santuario religioso. Es considerada al mismo tiempo una obra maestra de la arquitectura y de la ingeniería. Sus peculiares características arquitectónicas y paisajísticas y el velo de misterio que ha tejido a su alrededor buena parte de la literatura publicada sobre el sitio, lo han convertido en uno de los destinos turísticos más populares del planeta. Ese día, después de estar cerrado por la huelga, estaba abarrotado, no menos de diez mil personas disfrutaban de él, haciendo complicado sacar una foto con un mínimo de intimidad.



Distintas imágenes de nosotros en el mágico lugar

Machu Picchu está en la Lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1983, y desde el 7 de julio de 2007 está declarado como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno gracias a una votación que contó con la participación de cien millones de votantes en el mundo entero. Yo lo vote y ahora me alegro infinito de haberlo hecho. También voté por las ruinas mayas de Chichen Itza, que tuve la enorme suerte de visitar: Eva y yo solos en todo el recinto a las seis de la mañana amaneciendo,  hace ya algunos añitos. Si tengo que quedarme con alguna de las dos experiencias me quedo con esta. Una vivencia inolvidable y multitud de sensaciones que te inundan, te colman y a la vez te empequeñecen. El complejo es tan mágico y enorme, el sitio es tan disparatado, hay tal cantidad de cosas que ver, que te mueves como en trance, con todos los sentidos alertas y a la vez confusos, dudando de que realmente pueda existir una maravilla como esta en un sitio tan inaccesible e ignoto.


Intipunku, la puerta del sol. Entrada original en Machu Pichu

En un momento de la visita me encuentro con mi amigo el mejicano que, acompañado de un ayudante, está visitando el recinto en compañía de su hijo, al que llevan cogido cada uno de ellos por una axila para ayudarlo en su penoso caminar. La madre no va con ellos y luego en la estación me comentan que durante la visita se iban turnando para hacerla más llevadera. ¡Ole tus huevos y tus ovarios!


Impresionante como tallaban las piedras

Llama comiendo en las terrazas del contrafuerte de la ciudadela

A las dos horas Eva y yo decidimos volver tranquilamente hacía los bares que hay en la entrada del recinto para tomarnos una cerveza. Eva, Ana y Rocío se quedan para dar otra vuelta, pasear y hacerse fotos. La cusqueña nos la clavaron bien, casi cinco euros por una botella de un tercio, pero nos supo a gloria. Vemos que ya hay muchísima gente esperando el bus de bajada y nos ponernos en la inevitable cola. Si la  subida en bus fue como fue, que fue tela marinera, no te cuento nada de la bajada. Infarto puro y duro.

Ya en el pueblo almorzamos en otro restaurante distinto al de la noche anterior y de nuevo tuve que discutir con la dueña que me quería cobrar por el servicio. Te atienden como el culo y encima te quieren cobrar como si te sirviesen en Arzak. .“Te quie i ya pa í”

Volvimos al hotel donde tuvieron la deferencia de dejar que nos refrescásemos y descansar una horita en la sala de espera mientras hacíamos tiempo para coger el tren de vuelta.


Montañitas que rodean Machu Pichu

El viaje en tren duró más de la cuenta, por alguna razón que se me escapa y que eludieron decirnos. Durante largos periodos estuvimos parados en la vía sin motivo aparente. Ahora me ha tocado sentarme con una familia granadina (padre, madre e hija) que están aprovechando que la niña ha estado estudiando en Bogotá para venir a visitarla y de camino pegarse una tournée por estos lares. Congeniamos rápidamente y nos llevamos todo el viaje hablando sin parar. El padre, antiguo camionero reconvertido a empresario exportador de frutas, me comentaba la obsesión que tiene en fijarse en todos los detalles que pueden hacer que un viaje salga mal.

- Mira Ricardo, ¿a que no sabes en lo primero que me fijé cuando subimos a Machu Pichu? En las ruedas de los autobuses. Mis camiones van perfectamente calzados, bueno, pues las ruedas de los autobuses que nos subían y bajaban tenían pequeños “tomates”, que en un  momento dado al rozar con una piedra o con la rueda de otro autobús pueden reventar. ¿Tú te imaginas que revienta una rueda en una de esas curvas allá arriba? Con cucharilla nos tienen que recoger. No queda de nosotros ni carnaza para los gallinazos negruzcos  estos que tantos hay por aquí.

Y a mí, solo de imaginarlo, me entraban sudores fríos. Vamos, que si hablo con este tío antes de coger el autobús, me niego en redondo y me uno a la retahíla de visitantes que hacen la subida y posterior bajada a pie. Aunque claro, todavía estaría subiendo y  tampoco es plan.

Y terciaba la mujer:

- Es que es un agorero, Ricardo, un agorero. Yo creo que  lo hace por fastidiar, siempre igual. Menos mal que ya no le hacemos caso, ¿verdad niña? Sin ir más lejos, el otro día en Bogotá cogemos el teleférico y en lugar de mirar el paisaje se dedica a mirar fijamente el cable  que lo sujeta y del que va colgado el teleférico y va y me suelta ¿te has fijado en que el cable de acero tiene pelillos sueltos?  ¡Será malaje!

-Que no lo puedo evitar Ricardo, que no lo puedo evitar. Que me monto en un avión y lo primero que hago es mirar los remaches de las alas a ver si falta alguno.

Y el cabroncete se reía con una risa compulsiva y contagiosa.

Llegamos a Ollantaytambo ya de noche y yo, después de la aciaga experiencia con mi amigo Jimmy, no las tenía todas conmigo, dudaba de que nos estuviesen esperando para llevarnos de vuelta a Cusco. Pero sí, nos esperaban y nos montaron en otro decrépito autobús que no salió de la estación hasta un eterno rato después, hasta que se llenó por completo después de arduos regateos con los pasajeros del tren que no tenían contratado el regreso a Cusco, y a los que sangraron de lo lindo para darles un asiento. Otras dos largas horas de viaje y como casi siempre, todos dormidos menos yo, que no hay forma de que pegue un ojo en los viajes, ya sea tren, avión, barco o autobús como era el caso. También es verdad que esto me permite ver cosas que se le escapan a los demás.

Llegando a Cusco, y cuando atravesábamos la zona montañosa que la rodea, esa que está llenas de casitas, las favelas cusqueñas, observo una escena impresionante: al menos treinta perrazos, pero perrazos, perrazos, rodean tres contenedores de basura volcados y con todo su contenido desparramado por el suelo, y prácticamente se están destrozando entre ellos para acceder a los mejores bocados de la basura; una autentica manada de hienas ante la carroña pero sin orden ni jerarquía, disputándose a dentelladas limpias los despojos de una ciudad.



Al hilo de los perros un comentario que se me escapaba. Cuando estuvimos viendo las favelas con la ONGD ya nos sorprendió la ingente cantidad de perros que había por todos lados y la explicación que nos dieron fue demoledora en su sencillez: “Aquí nadie tiene buenos cierres en las puertas ni tampoco tiene seguro de robo; de eso se encargan los perros. Cada propietario tiene dos o tres perrazos que velan por la seguridad de sus pertenencias mientras ellos trabajan o están fuera. Campan a sus anchas y normalmente están echados en las puertas de sus casas. Ni se te ocurra intentar entrar en una casa sin ir con alguien de la misma” Sin comentarios.

Llegamos a Cusco reventados a las doce. La Plaza aún bulle con los últimos viandantes, muchos de ellos muy perjudicados etílicamente, después de una actuación que ha habido en un enorme escenario montado delante de la catedral.  Demasiado cansados  para participar de nada, nos vamos directamente a nuestras magníficas habitaciones que prácticamente no vamos a disfrutar. Ducha y piltra, ya que al día siguiente cogemos a punta mañana el avión de regreso a Lima.

¿Quién fue el incauto que dijo que el verano era para descansar?






2 comentarios:

  1. Gran relato que me ha tele-transportado casi 13 años atrás a mi visita a esos mismos parajes, tras leerte observo como no han cambiado un ápice las infraestructuras y sin embargo si que se ha incrementado el número de turistas. Como dices arriba todo se olvida y Machu Pichu te deja anonadado. Sin lugar a dudas es un lugar mágico.

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    1. Turistas por un tubo amigo mío, también es cierto que fuimos el día después de una huelga y eso incrementó notablemente la afluencia de gente; pero sencillamente maravilloso. Gracias por tu comentario

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