domingo, 8 de enero de 2017

VIAJE A PERÚ. ENTRADA 10. TARAPOTO

 A las siete y media ya nos estaba esperando la van en la puerta del hotel para llevarnos de vuelta a Tarapoto en el que es el último destino de nuestro periplo por Perú. No voy a ser pesado contando de nuevo el viajecito de marras; el caso es que llegamos al hotel a las tres de la tarde después de siete horas y media de paseíto. Esta vez de un tirón, sin descanso para comida ni na de na.
Mototaxis por un tubo

                Como ya mencioné anteriormente, lo primero que te llama la atención al llegar a Tarapoto es el calor, en realidad no tanto el calor como la altísima humedad que hay en el ambiente, que  hace que estés empapado al momento. Bajas de la sierra y te metes en el horno de la selva, del fresquito de los aires puros serranos al sofoco de una vegetación exuberante que crea un clima asfixiante. Lo segundo que te impacta son los motocarros, es una cosa absolutamente demencial cómo están las calles repletas de ellos.

Los coches escasean
En una conversación posterior que mantuvimos con el primer regidor de la municipalidad, teniente de alcalde para nosostros, don Manuel Nieves, le pregunté al respecto sobre la cuestión del tráfico y las cifras que me proporcionó me dejaron patidifuso: Para una población de unos 145.000 habitantes hay sobre 22.000 mototaxis, es decir uno por cada siete personas. De esos 22.000 sólo 2.000 tienen licencia municipal para ejercer como medio de transporte de pasajeros, pero eso de las licencias aquí, como en todo Perú, es una mera formalidad que casi todo el mundo se pasa por el forro de los pantalones. Ahondando en la materia, me comentó que el 70 por ciento de todo el parque automovilístico de la ciudad son mototaxis, un 25 por ciento motos y sólo el restante 5 por ciento son coches.

                El hotel, Casa de Palos Boutique, es una monería, con un acogedor patio repleto de follaje donde constantemente vemos algunas lugareñas vestidas con sus trajes típicos trabajan confeccionando manualidades. También hay una americana medio locata que está siempre con ellas intentando aprender sus técnicas. El hotel es un alojamiento un tanto peculiar, diferente,  hecho con madera, tejas, telares, y detalles étnicos. Una autentica caja de Pandora en cuanto a decoración se refiere, decoración muy amazónica.


Mi hija en el patio del hotel
                En la planta alta está el comedor donde nos sirven el desayuno, y en él la dueña del hotel tiene un pequeño negocio de tostado y envase de café que le traen directamente los nativos de la selva nada más recolectarlo. Es un espectáculo ver a la señora prepararte el café del desayuno con métodos puramente artesanales y lo endiabladamente bueno que está el jodido. El café lo venden sin moler, empaquetado y recién tostado. Cuando nos despedimos de ella tuvo la delicadeza de regalarnos un paquete para mi suegro, y como le habíamos comentado que ya en España nadie molía en su casa el café, que los molinillos caseros ya habían desaparecido de las viviendas, nos preparó el regalo ya molido y todo. También vendían un chocolate preparado por una asociación de mujeres chocolateras.

Todo el día haciendo artesanía.

         Nada más llegar, y con el estómago haciéndonos señales de notoria falta de manduca, nos fuimos a comer al restaurante La Patarashca del que ya tenía excelentes reseñas por Tridapvisor.  Además del nombre del restaurante, La patarashca es uno de los platos típicos de la selva peruana. Este delicioso manjar está hecho a base de pescado relleno, envuelto en hoja de plátano y cocido a la parrilla.

Probamos un ceviche de un delicioso pez local llamado doncella y también un “enrrolladito” de pescado acompañado con una salsa blanca. En un plato aparte nos pusieron como una pasta de no sé qué cosa que venía envuelta en hojas de platanera y estaba para chuparse los dedos, cosa que por supuesto hicimos.


Ceviche
Patarashca


Dedicamos la tarde a descansar y por la noche nos reunimos por primera vez con los universitarios a los que Ana y Eva venían a visitar.

A la mañana siguiente Eva y Ana se van muy temprano a la sede que la Universidad César Vallejo tiene en la ciudad, donde tienen una cita con el profesor que coordina el proyecto allí y tendrán oportunidad de saludar al Rector y a la directora General de la sede de Tarapoto.. Rocío y Eva se quedan en el hotel durmiendo. Yo, como soy culillo de mal asiento, después de desayunar, cogí un mototaxi y me largué a visitar el mercado local. Casi nada al  aparato, un mercado en plena selva; un orgasmo asegurado.

El mercado es una sucesión interminable de cientos de puestos que ocupan los bajos de toda una enorme cuadra. Además de los puestos de rigor, hay un montón de mototaxis aparcados en las aceras cargados con todo tipo de frutas, en los que también se puede comprar y carrillos de mano donde en lugar del habitual cemento habitan cientos de peces absolutamente desconocidos para el que esto escribe. Pescaderías ambulantes con un sistema de pesaje de lo más sospechoso.
Peces de topo tipo: pirañas, doncellas, paisas y la tira que no conocía.
Lo primero que veo nada más llegar, y cuando todavía no me he bajado del mototaxi es un perrazo que huye despavorido arrastrando un costillar que lleva bien cogido con la boca. Detrás de él un par de carniceros lo persiguen encarnizadamente a grandes zancadas con unos palos en la mano. Al cabo de un rato lo acorralan y logran quitarle de las fauces el costillar, le dan unos golpecitos para quitarle la tierra como el que se sacude el polvo y se vuelven a su puesto tan ufanos con la mercancía recuperada, no sin antes atizarle al perro unos palos en el lomo y despedirlo con un buen puntapié.





En los puestos de carne adobada hay montañas de ellas, de todas las partes inimaginables del cerdo. Los clientes las eligen manoseándolas para ver su calidad y textura, metiendo sus manazas entre ellas, sobándolas, calibrándolas  para escoger la que les parece mejor. La carne que no les gusta, después del manoseo, la dejan en el montón y aquí paz y después gloria. Los pollos se venden o ya muertos, pelados y pasados someramente por aceite hirviendo para darles un brillo lustroso o vivitos y coleando y la faena la haces tú. Hay cientos de jaulas con gallos, gallinas, patos, cuyes y yo que sé que bichos más por todas las aceras.

Los plátanos se compran por racimos enteros
Pedazos de cocos amenos de un euro
En todas partes y en cualquier sitio hay gente comiendo. Un jarro de medio litro de chicha morada y una patarashca, generalmente de tilapia, preparada en una hoja de banana que te sirve de plato, un cuenco de arroz y un par de plátanos fritos vale tres soles, sobre ochenta céntimos de euro. En las aceras hay multitud de pequeños puestos, apenas una mesita con una batidora donde se hacen zumos de fruta a gusto del consumidor que elige  entre una panoplia de posibilidades: naranjas, platanos, papayas, limones y yo qué sé cuantas frutas que desconozco. Una vez hecho te lo trasvasan a una bolsita de plático y listo, moreno. De plátanos ni hablo, aquí no se compra por kilos, se compra por racimos y no se hable más del asunto. El plátano es el emblema de la selva y su comida por excelencia. Hay multitud de tipos de plátanos, desde enormes plátanos machos duros y correosos, hasta minúsculos y dulces como leche condesada, y se sirven de todas las maneras y en todas las comidas del día cocinados de chorrocientas formas distintas.

La zona de la carnicería es un poco desagradable vista desde una perspectiva occidental y europea.  Los mostradores repletos de trozos de cerdo cortados de todas las formas posibles forman largas hileras sobre tablones de madera sin saber muy bien donde acaba un puesto y empieza otro. El ambiente es un poco asfixiante y hay un tufillo a carne y sangre difícil de soportar por mucho tiempo. Me doy una rapidita vuelta y salgo pitando de allí.

En total he estado un par de horas y me lo he pasado pipa. Muero por un mercado, y si es de este tipo requetemuero. Orgasmo puro y duro.

Cuando vuelvo al hotel sobre las once me llama Eva y me dice que vienen a recogernos con dos coches de la universidad, que nos van a llevar a visitar Lamas y después comemos con el rector y su plana mayor en Doña Zuly. Mi hija todavía está dormida, así que raudo la saco de la cama y nos preparamos para el cambio de planes. Lamas, es una de las ciudades más antiguas del oriente peruano; su población data de tiempos inmemoriales. Algunos estudios indican que descienden de los primeros pobladores primitivos que llegaron en oleadas migratorias a esta parte de la selva. Hoy en día el principal centro étnico es el poblado Menor Kechwa Wuayku, también denominado como el Barrio del Wayku, que se encuentra próximo a la zona urbana de Lamas. En el barrio del Wayku se encuentra un gran grupo de descendientes de los Pocras y Hanan Chancas, aún conservan el idioma Kechwa lamista y siguen viviendo en construcciones de barro sin ventanas como hace cientos de años, donde además desarrollan sus actividades festivas y familiares. Mantienen una forma de vida que se ha visto muy poco alterada por el paso del tiempo.


Mujer lama despiojando a su hija
Tejiendo
Salón del ayuntamiento

Después de la visita a Lamas volvemos a la universidad, donde Eva y Ana tienen concertada una reunión con el recién nombrado Excelentísimo Rector de la Universidad Cesar Vallejo para todo Perú, el Señor  Don Humberto Llempén Coronel,  que casualmente se encuentra en la ciudad realizando su primera visita a la sede de Tarapoto. Como casi siempre ocurre, me pasó una cosa harto curiosa con él. Antes de entrar en la reunión, muy amablemente me lo presentan y, después de unas palabras de obligada cortesía todo el grupo de profesores, el rector y nosotros nos encaminamos hacía el despacho donde se va a celebrar la reunión. El Señor Rector y yo empezamos a hablar distendidamente comentándome su estancia en Europa cuando hizo su tesis doctoral en Austria. De eso y sin solución de continuidad, pasamos al muro de Berlín, al mayo del 68, a los hospitales en Sevilla (tiene una hija médica que trabaja en un hospital sevillano) y acabamos con la eterna dicotomía que invade la ciudad de Sevilla: La Macarena y la Trianera, el Betis y el Sevilla.

De pronto nos paramos y perplejos nos percatamos de que estamos en un largo pasillo más solos que la una. Perdidos del todo, más perdidos que el barco del arroz, sin tener ninguno de los dos la más pajolera idea de dónde estamos y donde está el pelotón de gente que nos acompañaba un instante antes. Manda huevos, como dijo el ínclito Federico, que el Rector se pierda en su universidad. En los próximos diez minutos nos dedicamos a abrir puertas al tuntún a ver si por casualidad encontrábamos al personal. Inútil empeño, hasta que un azaroso y acalorado bedel nos localizó y presto nos llevó a nuestro destino para alivio de los que allí, un pelín preocupados por la inexplicable tardanza, nos esperaban; bueno lo esperaban a él, yo no pintaba nada en el asunto.

Después del reencuentro, el pequeño discurso, las lisonjas, los parabienes y etc. nos fuimos todos a comer en buena armonía a Doña Zuly, donde la universidad había reservado una larga mesa para seguir confraternizando mientras le dábamos uso al marfil de las dentaduras.
Tomándonos un pisco en el patio de Doña Zuly
                Muchísimo calor y un servicio deplorable con un desajuste de órdago: Cuando algunos de nosotros aún no habíamos recibido el primer plato otros ya habían concluido el almuerzo; un desastre total. El sitio es bastante bonito, con un hermoso y ajardinado patio. El restaurante pasa por ser el más selecto de la ciudad. La comida estaba bastante buena, pero claro, no puede ser que te pongan el primer y el segundo plato a la vez, cuando ya la mitad de los comensales se han levantado de la mesa, cosa que nos ocurrió a mi hija y a mí.

Esa misma tarde la menor de las Evas se vuelve para Lima para coger el avión rumbo a España. No quiere esperar a volverse con nosotros ya que eso le supone perderse parte de las fiestas patronales de su  pueblo. Como no podía ser de otra manera, vamos todos al aeropuerto a despedirla y para ello cogemos dos motocarros. El trayecto es apenas unos diez minutos y todo el tiempo cuesta abajo por largas calles. Los cachondos de los conductores deciden divertirse un rato y emprenden una loca carrera a ver quién llega antes. Cuesta abajo a todo carajo sorteando mototaxis y con multitud de calles perpendiculares de las que asomaban los morros de otros. Inolvidable experiencia. ¡Qué paseo más agradable! ¡Qué risas que nos dimos! ¡Qué hijos de la gran chingada!


Carrera de mototaxis
Sana y salva en el aeropuerto

Acabamos la noche en la terraza ajardinada de un restaurante al lado del hotel llamado Chalet Venezia que fue un auténtico hallazgo y del que nos hicimos fieles devotos, degustando un maravilloso pulpo al olivo (pulpo cocido, luego pasado por las brasas y en una espesa salsa de aceitunas) que para mí, sin dudarlo un momento, fue una de los mejores platos que he probado en todo Perú (el ceviche juega en una categoría aparte). Encima, la cerveza estaba helada, el sitio era cómodo, el servicio impecable, cambiándonos los vasos por otros fríos a cada momento, y para remate del tomate teníamos delante un enorme televisor donde pudimos ver al fenómeno jamaiquino Usain Bolt ganar, arrasando como siempre, su séptimo oro olímpico, su tercero consecutivo en cien metros lisos.


Delicioso pulpo al olivo
  Al día siguiente Eva y Ana tienen una recepción en la Municipalidad de Aan Martín, en Tarapoto, donde el señor alcalde, en presencia del primer regidor de la municipalidad y otras autoridades, las nombra visitantes honorificas de la ciudad en contraparte del proyecto de Escuelas de Familias en el que trabajan las estudiantes de la U.S.
¡Chúpate esa morena, hijas predilectas de Tarapoto. Casi nada al aparato!

Foto institucional con las autoridades


En la catarata
          Después de tan entrañable acto, el señor Don Manuel Nieves, junto con otro trabajador-chofer del ayuntamiento nos recogen a nosotros y a las tres voluntarias y todos juntos en plena armonía nos vamos de excursión a las cataratas Ahuashiyacu, a apenas una veintena de kilómetros de la ciudad, pero ya en plena selva. La carretera transcurre entre montañas, pero sin sensación de peligro, ya que la selva es tan tupida que  prácticamente nos movemos entre un túnel de árboles y floresta y no se aprecian los desniveles que hay más allá de las cunetas. Solo al pasar por un lugar más despejado y casi llano vemos a un lado de la carretera un campo desbrozado de maleza con una larga, larga, larga, larga y alta, alta, alta, alta, pared que delimita un amplio, amplio, amplio, amplio recinto. Como la curiosidad mata al gato y no nos podemos aguantar, le preguntamos al señor Nieves: Qu’est que nos yeux voient ? Y él, un poco remiso, nos cuenta que eso que estamos viendo es la pared que se le ha construido al señor alcalde para proteger su granja avícola y ante estas palabras, en nuestra cabezas bullen las preguntas que no osamos realizar por prudencia, o quizás por falta de coraje, no vaya  ser que nos deje tirados aquí en medio de la nada ¿Quién le ha construido la pared? ¿Quién ha sido el alma caritativa quela ha pagado? ¿Se puede hacer esto en una zona protegida? ¿De quién se ha de proteger?... ¡Insondables preguntas que se quedan en el azaroso limbo de las dudas!



La catarata en un lugar muy turístico y de muy fácil acceso, nada que ver con Gotca. Apenas dos centenares de metros por un camino muy bien acondicionado con pasamanos incluidos y llegamos a la gran poza donde cae el agua. Hay dos pequeños barracones donde poder cambiarse y todo el grupo se lanza a ponerse el bañador y disfrutar de un relajante baño. Todos menos yo, que no tenía la más mínima intención de meterme en tan oscuras y procelosas aguas. Eso ya está hecho, para que en esas aguas haya algún perdido candirú y le dé por meterse en sálvese la parte, tiemblo solo de pensarlo.  Mientras mis damiselas  disfrutaban de su baño colectivo, me dediqué a guardar y tener a buen recaudo las cámaras y mochilas del personal, amén de ejercer de reportero oficial del grupo.

Después del remojón nos llevaron a comer al “El mono y la gata”, un restaurante sito un par de kilómetros más arriba  y desde el que se divisaba un paisaje espectacular. El nombre le viene por la apariencia física de sus fundadores, con la similitud de ambos con sendos animales. Nos atiende una de sus nietas, que ha heredado los rasgos de su abuela, gata pura. Nos pasa la carta con las comidas habituales por aquí, y antes de irse a por las cervezas, lo primero es lo primero, se vuelve y dice como al tuntún “ah, también tengo carapalo”. Carapalo, qué leches es carapalo? Interpelo raudo como un rayo, expectante. El señor Nieves me aclara la duda: armadillo. Durante el viaje he comido cuy en Cusco, alpaca en varios sitios, la tira de peces desconocidos en ceviches y algunas que otras cosas que mejor ni saberlo, pero armadillo me suena a la repera de exotismo, así que después de algunas dudas, me lanzo y lo pido. Nada más verlo en el plato, cuando me lo ponen delante de mis narices me arrepiento de mi decisión pero alea jacta est y a cruzar el Rubicón lo más dignamente posible. Da un poco de aprehensión ver la carnecita del bicho pegadita al escudo de placas cortadas que hay delante de mis narices y pensar que el espécimen estaba antes de ayer tan tranquilito en su selva para que venga un chingado descendiente de Pizarro a destriparlo y meterle malamente el diente. Encima, para más inri, el armadillo no me ha gustado mucho que digamos.  La carne tiene un ligero sabor a cerdo, pero con un regustillo a grasa un poco rancia que la impregna en demasía. A lo mejor es todo sugestión y estoy un poco sobrepasado por mi atrevimiento culinario.

El plato de armadillo
El caso es que no lo he disfrutado. Vamos, que no estoy muy contento que digamos. Cuando he comentado mis dudas por la elección y mi posterior arrepentimiento ecológico por la misma entre mis compañeros de mesa, no por la comida sino por el animal, nuestro amigo Nieves me consuela diciéndome  que los crían en granjas como a los cuyes, pero yo no me lo creo, más bien pienso que lo dice para acallar mi mala conciencia ecologista. Es curioso, pero tres días antes, durante la visita a la catarata de Gotca, habíamos comprado un armadillo de madera hueca a un artesano de Cocachimba, a mi hija le encantó nada más verlo y nos lo agenciamos por 21 soles. En realidad es una hucha, pero no voy a utilizarla como tal, sino como adorno. Aún no sé dónde, pero ya le encontraremos el sitio adecuado.
                Pasamos una buena mañana entre charlas, baños, risas y todo lo que se nos puso por delante.

              Por la tarde Ana y Eva todavía tuvieron tiempo para una postrera visita a una Escuela de Familias donde ejercen su labor las chicas universitarias sevillanas.  La verdad es que ya he perdido la cuenta de la cantidad de visitas, reuniones, entrevistas, acuerdo, etc.etc  que llevan las dos a sus espaldas. Se lo han currado de lo lindo en el viaje.


En la escuela de familia
Nos despedimos de Tarapoto y de nuestras chicas con una buena Cusqueña y unos platazos de ceviche y de pulpo al olivo en Chalet Venezia.

A la mañana siguiente nos dirigimos al aeropuerto para coger nuestro último vuelo interior a Lima, en total hemos realizado seis vuelo por el país, todos con la compañía Latam que nos ha ofrecido un buen servicio salvo en la emisión de los billetes que nos ha dado más de un quebradero de cabeza. Durante la hora que estuvimos en la sala de espera mientras esperábamos el embarque pude observar con bastante curiosidad como gran cantidad de personas se fotografiaban junto a un gran cartel situado en una pared bien visible en el que se prevenía contra el Zika, tan de moda en Europa en estos momentos, y más cuando algunos deportistas se han negado a ir a las olimpiadas en Brasil por temor a un posible contagio.


                El cartel es bastante llamativo y en un color que hace que resalte sobremanera sobre el fondo blanco de la pared. Al filo de los mosquitos comentar que no nos ha picado ni uno, pero ni uno siquiera. La verdad es que hemos sido bastante cuidadosos y hemos llevado puestas las pulseras  todo el día y no ha habido una noche en que no  encendiésemos el difusor de Mercadona.

                El último día les dejamos a las voluntarias las pulseras y los espráis para que ellas los disfrutaran, de la misma forma que a Rafa le dejamos en Lima todo el botiquín que nos sobró, que fue prácticamente todo el que habíamos traído, exceptuando el Almax del que yo tuve que tirar de vez en cuando como es habitual en mí.







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